El medico de Casa

Ocurría con sospechosa frecuencia que el tío Julián, el médico de casa, nos visitara. La misma con la que yo enfermaba, la misma con la que mi madre, en perfecta sincronía triangular, avisaba al tío Julián. Aquella conjunción de actos concatenados, casi simultáneos, se repitieron aquel invierno con machacona ritualidad dando sentido a las aburridas mañanas en las que, sin poder ir al colegio, yo sudaba fiebre en la cama matrimonial de mis padres.

¡Ay, Julianín, qué sería de mí si tú no estuvieras!, oía decir alegremente a mi madre cuando llegaba el médico de casa. Aquello me inquietaba. ¿Por qué ese cambio de humor en ella, esa alegría de vivir, esa locuacidad?

Sabía que era un prestigioso médico y también sabía, siempre por mi madre, que, dado su carácter libertario, hosco y apasionado, seguía soltero a pesar de que ya era cuarentón y de que las mujeres se lo disputaban.

Desde mi imprecisa y oscura pubertad, me barruntaba que el tío Julián era el tipo de hombre que le gustaba a mi madre y pienso que si lo hubiera conocido antes de que apareciera mi padre, su natural erotismo le habría llevado sin vacilar a sus brazos.

Cuando llegaba el tío Julián su aura iluminaba la estancia. Se sentaba en la cama y escuchaba mi respiración con los ojos entornados. Después, sus manos tanteaban mi cuerpo herido de inyecciones y cataplasmas, y yo me dejaba. El tío Julián sabía tocar, palpar mis zonas dolientes y, cuando lo hacía, cerraba los ojos y aspiraba el aire como si, para emitir un diagnóstico, necesitara olfatear la enfermedad. El olfato del tío Julián era su principal estímulo sensorial.

Yo amaba al tío Julián. Lo escuchaba, le obedecía y confiaba en sus poderes que siempre me curaban. Él me detectó a tiempo la difteria, el sarampión, la viruela, la tosferina, y los ganglios tuberculosos.

El tío Julián era, además, amigo de la casa. Yo me abrazaba a él cuando llegaba y sabía mejor que nadie cómo aliviar aquellos ojos cansados de trabajar.

Qué pasó aquella tarde para que hubiera tanta claridad. Qué pasó en la misma puerta de la casa. Quién puede decir que fuera un abrazo diferente a lo acostumbrado. Acaso el hombre quiso beber gotas del erotismo inocente de mis diez años, apropiarse del aroma final de la infancia en los recovecos de mi cuello asustado.

Por qué sin titubeos ni sospecha culpable (solo un segundo de titubeo, solo un segundo de sospecha culpable), yo me abandoné al olfateo incesante. Por qué no pude discriminar que la ternura era solamente mía y que, lo otro, era pulsión desordenada del adulto. Por qué los hados permitieron que, en ese mismo instante, mi madre abriera la puerta del pasillo y se quedara clavada a dos metros de distancia. Por qué sus palabras.

—Mira cómo se deja…

Qué. Qué dices, mamá.

No aprecié el pavor en mis carnes hasta que me deshice del abrazo y me quedé sola, impregnada de vicio y de culpabilidad.

El hombre y la mujer, en inevitable complicidad de casta, entraron del brazo en el salón donde ya se encontraban más familiares.

Sin cruzar la puerta me quedé mirándolos y los vi como muñecos fragmentados en un escenario. Una representación teatral sin alma, sin unidad. Me fijé en la fría belleza de la sala, en cada detalle elegido por mi madre: los tres balcones circulares, los inmaculados visillos de fina organza, las cortinas verdes adamascadas como la piel de los lagartos. Levanté la mirada y me fijé en la araña de cristal y en la indiferencia de los cien cristalitos que tintineaban en lo alto.